Estaba enamorada, pero eso no era lo mejor, lo mejor de enamorarse es que la otra persona también se enamore de ti. Él me demostraba lo que sentía cada día y todos los días, sabéis eso que dicen sobre las mujeres? -Que hay que enamorarlas todos los días- él lo hacía, todos los días aparecía para sorprenderme, venía des de la otra punta de la ciudad solo para verme, se quedaba a mi lado y me observaba durante horas mientras yo trabajaba. Pero eso contrarrestaba mis temores, seguía teniendo miedo, seguía estando insegura, seguía sin creer que por fin había encontrado a esa persona que me quería de verdad.
Probablemente si lo sabía, sabía que el me quería, pero no quería verlo, estaba asustada y no quería reconocer lo que estaba pasando, prefería pensar que no era verdad, que no iba enserio o que solamente me veía como un pasatiempo más, intentaba evitar ilusionarme ya que casi siempre acababa decepcionada y con el corazón roto. Quizá fue así como construí mi coraza, para protegerme de los de más, para no volver a sufrir.
Con el tiempo había aprendido a no confiar, no sentir y no querer, podía ser una persona muy sociable, simpática y atenta con los demás y ayudarles en todo lo que podía pero siempre impidiendo que los demás se acercasen a mí, siempre dejándolos al margen de mi vida, evitando cualquier tipo de lazo sentimental. Pero con el era imposible, no podía tratar de ser distante con él, cuando venía a verme todos los días sin importar las escusas que le ponía, las tonterías que le decía para que no viniese, las infinitas artimañas que usaba para que se quedase en casa descansando. Él siempre aparecía, en algunas ocasiones ni me avisaba y de repente estaba allí, plantado delante mio sonriendo como un niño travieso que acaba de comerse una chocolatina sin permiso.
Era una tontería tratar de no enamorarse de una persona como él, tan sonriente, simpático, cariñoso... Con esa mirada tan dulce que te cautiva, esa sonrisa tan radiante que te deslumbra. Es una persona muy alegre, y alegra a todos aquellos que están a su alrededor, te transmitía una sensación de calidez y bienestar, al igual que el rayo de sol que ilumina la mañana de un frío invierno.
Todos los días, o mejor dicho de lunes a viernes, se levantaba a las seis de la mañana y empezaba a trabajar a las siete, salía del trabajo sobre la una o dos del mediodía, se iba a casa a comer y alrededor de las cuatro ya lo tenía allí, delante mío contándome alguna anécdota, o simplemente observándome des del asiento. Las veces que podía, salíamos a tomar algo, nos sentábamos en alguna terraza y nos quedábamos allí hablando de cualquier tontería, ya que lo único que queríamos era pasar un rato juntos. Otras veces tan solo venía al bar a verme, se sentaba unas horas en la barra y después se volvía a casa.
Yo no entendía del todo el por que de todos esos viajes, teniendo en cuenta que hay casi una hora de camino y que se levanta tan pronto, lo mas lógico sería quedarse en casa descansando o salir a dar una vuelta pero sin alejarse mucho de casa. Incluso alguna vez le había insistido en que no viniera ya que yo no iba a poder salir para estar un rato con él, pero él nunca me hacía caso, siempre venía, parecía como si no le importase que yo no tuviera tiempo para él y siempre me decía que con poder verme era suficiente, que solo necesitaba sentirme cerca, y que todo trayecto valía la pena si era para poder pasar un rato a mi lado.
Como iba a negarme si según él, con solo verme la cara ya se iba contento a casa, como iba a resistirme a esas palabras que no hacían más que acariciar mis oídos? Ya lo veía claro, el riesgo merecía la pena, si es con él lo intentaría una y mil veces, porque con su forma de ser me había cautivado, había hecho de todas las dudas, los miedos y las inseguridades humo, y se habían esfumado siendo llevados por el viento. Porque él me dijo que lo iba a intentar, que me quería y que quería que formase parte de su vida, igual que yo quiero que él forme parte de la mía.
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